Durante décadas, la migración desde Senegal ha seguido un patrón eminentemente masculino: eran los hombres quienes, ante la falta de visados y oportunidades en casa, se embarcaban hacia Europa por mar y con destino a las costas españolas. Mientras tanto, como constatamos en nuestro primer viaje en 2021, las mujeres se quedaban en sus comunidades, a cargo del hogar, los cuidados y la gestión de las remesas que, con suerte, llegaban. Pero este modelo empieza a resquebraarse. En los últimos años, el perfil migrante senegalés se ha feminizado. Ya no son solo los hombres quienes parten. Las mujeres, empujadas por la crisis de las remesas y el deterioro de las condiciones laborales en Senegal, migran más a menudo por cuenta propia y otra vez bajo el mismo patrón: mediante vías irregulares, por tierra y por mar, tras intentar la vía segura, la de un visado que reiteradamente es denegado. Y, con este cambio, también se hace visible una realidad silenciada: la del retorno.











