Ceuta, Sebta, “invasión”: una ciudad en medio de la que todos hablan y pocos humanizan

“No sabemos qué va a pasar con nosotros. Nos abrieron las puertas de la frontera y hoy no nos quieren aquí. No entendemos nada”
 | Ceuta
Un grupo de personas evalúa desde Marruecos si todavía alcanza a cruzar después de que la policía empezara a contener a los migrantes en la frontera el pasado 31 de julio
Un grupo de personas evalúa desde Marruecos si todavía alcanza a cruzar después de que la policía empezara a contener a los migrantes en la frontera el pasado 31 de julio. | Soraya Aybar Laafou

Ihssen llegó sola el pasado 30 de julio a Ceuta y ahora duerme en el campamento informal levantado para mujeres, menores y mayores, junto al polideportivo de El Príncipe. “Siempre hemos escuchado hablar sobre Ceuta: en las redes sociales y entre los amigos que conseguían cruzar a nado y luego nos mandaban fotos”, explica la joven de 16 años. Ella quiere ser futbolista y conoce la alineación del Real Madrid con todos sus puntos y comas. Para la joven, Ceuta también se ha convertido en un hogar, bajo las lonas y las telas que la cubren del frío, la lluvia y la niebla. 

“Aunque crucé sola, aquí he encontrado buenas amigas”, reconoce. A su lado, Yasmina, Soraya y Salma comparten la pantalla del móvil de una de ellas: pasan de los vídeos de YouTube a las cuentas de Instagram y terminan en una cálida videollamada con la madre de Yasmina.

Khadija llegó el mismo día que Ihseen, tiene 65 años y cruzó a Ceuta con sus dos hijos: Salma y Mohammed. Salma es menor, tiene 16 años y duerme todas las noches en el campamento informal habilitado en el polideportivo de El Príncipe. Aunque Khadija lleva un mes durmiendo en la calle con su hijo, mayor de edad, todos los días se acerca a este punto de la ciudad para despedirse de su hija. A partir de las nueve de la noche todas las menores tienen que entrar dentro del recinto por cuestiones de seguridad, sobre todo ante la reciente escalada de casos por abusos sexuales, Khadija es cauta y prefiere dejar la conversación para mañana, detrás de esta misma verja, “Inshallah”, concluye. 

A cuatro kilómetros de Khadija, Youssef mira el horizonte. Al fondo, el estrecho de Gibraltar. Unos días antes, la chabola construida por él mismo, donde vivía con dos jóvenes menores, Mohammed y Ahmed, acabó envuelta en llamas. “Llegaron un grupo de personas con banderas de España y nos incendiaron las cabañas y todo lo que había dentro”, explica Youssef, originario de Tetuán, casado y padre de cuatro hijas. 

“Llegaron un grupo de personas con banderas de España y nos incendiaron las cabañas y todo lo que había dentro”, explica Youssef, originario de Tetuán

Youssef entró el pasado 30 de julio a nado desde Castillejos. “La intimidación no terminó el día que incendiaron todo”, explica. A la mañana siguiente un grupo de personas agarró todas sus pertenencias, que había recogido y guardado en una maleta, y las tiró al mar. Solo pudo recuperar esa maleta color verde, que hoy está vacía y dentro de su nueva tienda improvisada a base de lonas, mantas y cartones. 

Tiendas improvisadas con telas, lonas, palos y cartones al final de la playa del Trampolín, en Ceuta | Soraya Aybar Laafou

En la frontera de la playa del Tarajal, Adam, de 19 años y originario de Casablanca, se acerca cada mañana al paso fronterizo. Mira fijamente a cada una de las personas que llegan regularmente desde Marruecos. Levanta la mano para pedir comida o un sorbo de las botellas de agua fría que agarran los clientes de una cafetería cercana. Duerme en la zona de Loma Colmenar y todas las mañanas, a primera hora, espera y no desespera. 

– “¿Por qué no vuelves, Adam?”, pregunto. 

– “No tengo nada que hacer en Marruecos. Soy huérfano, no he podido ir a la escuela, no tengo dinero para estudiar. No hay trabajo en mi país. Vivimos dentro de una jaula”, explica. 

Desde el pasado 30 de julio, y tras el retorno de más de 72.000 personas, según fuentes del Gobierno Español, a Marruecos siguen volviendo muchos de sus jóvenes, mujeres y hombres. Adam los ve irse. “Buena suerte”, se despide entre abrazos con uno de sus amigos al país que también lo vio crecer, y que muy probablemente le espera la misma incertidumbre de un futuro sin horizontes. “No sabemos qué va a pasar con nosotros. Nos abrieron las puertas de la frontera y hoy no nos quieren aquí. No entendemos nada”, insiste. 

Para Adam, igual que para muchos de los jóvenes entrevistados en Ceuta para este reportaje, el enclave español es un lugar de paso y, a su vez, la única alternativa.

Para Adam, igual que para muchos de los jóvenes entrevistados en Ceuta para este reportaje, el enclave español es un lugar de paso y, a su vez, la única alternativa. “Nosotros hemos venido aquí para poder viajar a Europa. Necesitamos trabajar”, explica. A su lado, otro joven de Casablanca, Zakaria, conoce de cerca la migración. Todos sus hermanos cruzaron a nado a Ceuta y cuando consiguieron llegar a la Península pudieron trasladarse a otras ciudades europeas. “Mi hermana mayor vive cerca de Roma y mi hermano está en Marsella”, cuenta. “Para mi Ceuta es el último paso para llegar a un lugar más seguro y de ahí reencontrarme con mis hermanos”, añade. 

¿Qué es Ceuta? 

En Ceuta viven alrededor de 83.500 personas en escasos 20 kilómetros cuadrados. Un enclave español en el continente africano donde conviven comunidades religiosas y culturales. Musulmanes, cristianos, judíos. Mezquitas, iglesias, sinagogas. Rafael vive cerca del centro de la ciudad, tiene 45 años y trabaja en una escuela de educación primaria. “Nosotros nos hemos visto desbordados, pero no hemos perdido la humanidad. A los ceutíes nos duele el alma ver a niños durmiendo en las calles, a niñas solas o a jóvenes pasando sed y hambre en los bosques o en las playas. Nos duele porque Ceuta siempre ha sido una ciudad donde hemos acogido todas las culturas y religiones, y ahora solo vemos miseria, caos e incertidumbre”, relata Rafael. 

«A los ceutíes nos duele el alma ver a niños durmiendo en las calles, a niñas solas o a jóvenes pasando sed y hambre en los bosques o en las playas.» Rafael, ceutí de 45 años

Para otros, Ceuta es un lugar que ha sido “invadido” y que está perdiendo su “españolidad”. Así lo expresan algunos de los participantes en las últimas marchas que ha vivido la ciudad, al grito de “invasores, expulsión”. En la playa de Benítez, algunos de estos manifestantes aseguran sentirse acorralados por Marruecos y advierten de que, si el Gobierno central no actúa, acabarán siendo “invadidos” por los marroquíes.

Dos participantes en la marcha de la playa Benítez miran hacia el espigón donde se encuentran las tiendas improvisadas de quien duerme al raso | Soraya Aybar Laafou

Pero Ceuta no solo cambia dependiendo de quién la cruza o de quién vive en ella. También cambia dependiendo de quién la nombra. Para España, Ceuta es territorio nacional. Una ciudad autónoma española que constituye, al mismo tiempo, una de las fronteras exteriores de la Unión Europea. En el discurso político español, la entrada de personas marroquíes el pasado 30 de julio ha vuelto a colocar conceptos como soberanía, seguridad e integridad territorial en el centro del debate. El presidente del gobierno, Pedro Sánchez, ha defendido la cooperación con Marruecos para agilizar el proceso de devolución, mientras que desde la oposición se ha recurrido reiteradamente al término “invasión”, el mismo mantra que repiten algunos de los manifestantes de Playa Benítez. 

El presidente del gobierno, Pedro Sánchez, ha defendido la cooperación con Marruecos para agilizar el proceso de devolución, mientras que desde la oposición se ha recurrido reiteradamente al término “invasión”.

Al otro lado de la frontera, Ceuta es Sebta. Marruecos mantiene desde su independencia la reivindicación sobre Ceuta y Melilla, territorios que considera ocupados y cuya soberanía reclama. La cuestión reaparece periódicamente en el discurso político marroquí y lo ha hecho también durante esta última crisis. Para Madrid, sin embargo, la soberanía española sobre ambas ciudades no está sujeta a negociación. 

De plaza colonial a frontera europea

Pero la disputa sobre Ceuta es mucho más antigua que Marruecos y España como Estados contemporáneos. Su posición geográfica, frente al estrecho de Gibraltar y entre el Mediterráneo y el Atlántico, convirtió a la ciudad durante siglos en un enclave por donde pasaron fenicios, romanos, bizantinos y diferentes poderes musulmanes del norte de África. 

El principal punto de inflexión llegó en 1415, cuando Portugal conquistó militarmente Ceuta. Más de dos siglos después, tras la unión de las coronas ibéricas y la posterior independencia portuguesa, Ceuta permaneció vinculada a España. Portugal reconoció formalmente la soberanía española en 1668. 

La frontera actual tampoco quedó dibujada entonces. España amplió el territorio de Ceuta tras la Guerra de África contra Marruecos entre 1859 y 1860. Décadas después, aparece uno de los principales matices históricos de la disputa. Ceuta no formó jurídicamente parte del Protectorado español de Marruecos, establecido entre 1912 y 1956, y por eso España sostiene que su soberanía no deriva de aquel periodo colonial. 

La antigua plaza militar, Ceuta, pasó a ser también una frontera europea frente al continente africano. 

Cuando Marruecos consiguió su independencia en 1956, España conservó Ceuta y Melilla, y entonces Rabat comenzó con las reclamaciones. Décadas después, con la entrada de España en la Comunidad Europea y la incorporación al espacio Schengen, la frontera volvió a cambiar de significado. La antigua plaza militar, Ceuta, pasó a ser también una frontera europea frente al continente africano. 

Para Adam, toda esa historia se reduce hoy a unos pocos metros. Marruecos está detrás. Europa, delante. Y Ceuta, de momento, en medio. 

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