Tras las elecciones legislativas celebradas ayer en Israel, las proyecciones y los recuentos preliminares sitúan al Likud de Benjamín Netanyahu a la cabeza pero sin una mayoría absoluta, abriendo de nuevo un escenario de gran incertidumbre política. Mientras las fuerzas árabes logran un avance histórico de unos 18 escaños que podría ser decisivo en las negociaciones de gobierno, la población palestina de Cisjordania, sometida a las determinaciones de este proceso electoral, continúa viendo cómo se decide su futuro bajo el yugo de una ocupación que no da tregua.
Cuando faltaba una semana para las elecciones legislativas en Israel, el ejército israelí desplegó todo un dispositivo que causó la expulsión de, al menos, 250 familias de Hebrón, ciudad al sur de Cisjordania y la más densa de Palestina, con cerca de 250.000 personas. Al ver las noticias, rápidamente escribí a Nisreen, artista y ciudadana de Tel Rumeida, uno de los barrios de la ciudad. Y después de dos días, y ya algo preocupada, recibí un WhatsApp suyo.
“Nosotros estamos bien, pero ahora confinados en nuestras casas. No podemos entrar ni salir debido al puesto de control militar. Como sabes, vivimos en territorio ocupado. Han matado a los autores del tiroteo y demolieron las casas cercanas al lugar del ataque, las de personas inocentes. Después fueron a las casas de los autores y a otras viviendas de distintos barrios, obligando a sus habitantes a salir. Ni siquiera pudieron llevarse sus pertenencias y se vieron obligados a irse a pie, sin coches, en plena noche. Demolieron más casas y cerraron todos los accesos a Hebrón y todas las calles. Esto ha sido un castigo colectivo, y lo peor aún está por llegar”

Nisreen vive junto a sus hijos en el barrio de Tel Rumeida, dentro de un asentamiento israelí, de la ciudad de Hebrón, en Cisjordania. Su casa está llena de pinturas que ella misma ha dibujado a lo largo de estos últimos años, y son su mayor fuente de ingresos, o al menos lo eran hasta ahora. Llegó a Hebrón como palestina refugiada de Amán en 1993 junto a su difunto marido, Hashem, trabajador en favor de los derechos humanos para la Agencia de las Naciones Unidas para los refugiados de Palestina (UNRWA), que murió en octubre de 2015, después de verse envuelto en unos enfrentamientos con el ejército israelí con grandes cantidades de gas lacrimógeno, que le provocó asfixia y acabó muriendo en el hospital. Según nos cuenta Nisreen, por verse sometidos a mucha espera en el retén, custodiado por las fuerzas israelíes. Hashem había pasado por una operación a corazón abierto dos meses antes del altercado que acabó con su vida, y también con parte de su familia. A partir de ese momento, Nisreen empezó a pintar y pintar, y su trazo cogió un tono cada vez más reivindicativo en favor de la libertad de Palestina.
Desde el 7 de octubre, todo ha ido a peor en Cisjordania en general y en Hebrón en particular: menos libertad de movimiento, más incursiones del ejército, interrogatorios y órdenes de demolición. Además, lo poco que Nisreen cobraba de la Autoridad Palestina por la muerte de su marido se cerró, y la venta de pinturas ha caído en picado por falta de visitas. Me contaba Nisreen este septiembre cuando la fui a visitar a su casa. “Solo la dejaban salir dos horas al día cada dos semanas, para ir a comprar, al médico. Y yo no la he podido visitar hasta hace dos meses atrás. Llevamos casi tres años sin vernos”, decía su cuñada mientras ayudaba a servir el maqluba que Nisreen había preparado para comer durante la mañana, y que vive a quince minutos a pie de su casa.
Hebrón tiene una particularidad distinta al resto de Cisjordania, la cual está dividida en áreas A, B y C, la que, en resumidas cuentas, da o quita derechos a la población palestina. Hebrón, desde el protocolo de Hebrón en 1997, se divide en H1 y H2. El 80%, la zona H1 está bajo administración de la Autoridad Palestina y solamente vive población palestina. Y el 20%, la zona H2, bajo control militar israelí. En esta segunda zona viven asentamientos israelíes, lo que popularmente se conoce como colonos, con una población de 800 personas, protegidas por 2.500 soldados. Además de alrededor de 7.000 palestinos que siguen resistiendo al asedio, como es el caso de Nisreen y su familia, que se ven obligadas a cruzar el retén cada día para ir de una zona a otra si quieren ir a la escuela, el médico o hacer la compra. Además, en las puertas de las casas son muchas las familias que han tenido que sellar las entradas y poner barrotes en las ventanas para protegerse de la violencia ejercida por los colonos.

Hebrón es uno de los grandes motores económicos de Palestina, según el periodista y analista económico Ayham Aboghosh, y uno de los lugares más sagrados del mundo para judíos, cristianos y musulmanes, ya que según los textos sagrados, yace el cuerpo de Abraham, patriarca bíblico y figura central de las tres religiones. Una excusa perfecta que aprovecha el gobierno israelí para ensanchar los asentamientos en la ciudad.
“El gobierno promueve tours turísticos para que la gente venga a visitar la ciudad y luego quiera quedarse. Si les gusta una casa se la quedan”, me espetó Amin, guía y activista, que prefiere preservar su identidad, mientras me mostraba el centro histórico y comercial de la ciudad, en la zona H1, que desde el 7 de octubre de 2023 se ha ido quedando más desértico y lleno de persianas bajadas. “Para vivir aquí necesitas mucha energía sino uno termina con depresión”, se apenaba Amin.
Paseando por el casco antiguo me encontré con Ghandi, un joven comerciante que me invitó a pasar a su casa para mostrarme la azotea. Me señalaba aquí y allí, aquí y allí, los asentamientos que rodean la ciudad, los puestos de control y las torres de vigilancia, como la que queda justo al lado de su casa. Me explicó un poco su historia y la de su familia, señalada por la violencia ejercida brutalmente por Israel y que acabó con la vida de su hermano, hasta que oímos subir la persiana de al lado y me advirtió que nos fuéramos rápido.
Cruzar el retén de control que divide una zona de la otra es proponerse ante un mundo distópico, aunque apenas hayamos hecho unos pasos, la atmósfera, el ruido, el color es completamente distinto. A pesar de los miles de palestinos que viven ahí, solo vimos a judíos de arriba para abajo. Andaban un poco atareados con el Sucot, – una de las festividades más importantes del judaísmo–. No me hacían mucho caso, a excepción de una pareja joven que se me acercó para preguntarme de dónde veníamos, y a la que respondimos con España, que confundieron con Italia. “¡Pizza, pizza!”, exclamaban. La chica estaba visiblemente embarazada y ambos llegaban de un pueblo cerca de Jerusalén, que ya no consigo recordar.

En los últimos días, y como estrategia electoral, la ciudad vive un repunte de violencia y ocupación después que dos palestinos abrieron fuego en un cruce de carreteras cercano a la localidad y acabara con la vida de dos soldados israelíes. La respuesta del gobierno ha sido contundente con el fin de “localizar y desmantelar las infraestructuras terroristas y confiscar armamento”, según han informado las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI). Y la cual cosa han aprovechado rápidamente el primer ministro, Benjamín Netanyahu, y el ministro de Defensa, Israel Katz, para comunicar sus planes para Cisjordania: “El ministro de Defensa y yo mismo hemos planteado una vasta operación militar en Judea y Samaria [nombres bíblicos de Cisjordania], como no se ha visto desde la Guerra de los Seis Días” de 1967, ha proclamado Netanyahu, subrayando que el ejército está “preparado para llevarla a cabo y falta decidir cuándo comenzará”.
Un hecho que ya empezó a hacer en 2025 en los campos de personas refugiadas en Yenín y Tulkarem, y que según un informe publicado por la ONU en septiembre, ha desplazado a 33.000 palestinos y ha dejado decenas de muertos.
Después de pasar varios días por distintas ciudades y pueblos de Cisjordania, y recorrer kilómetros y kilómetros por el muro de separación entre Israel y Palestina, Hebrón me impacta, me encoge. Es la clara evidencia del apartheid en todas sus formas: física, psicológica y emocional. Una ciudad fragmentada por dentro, donde gran parte del pueblo palestino tiene que cruzar un retén para ir a la escuela, al médico y salir a comprar; donde familiares a pocos minutos unos de otros no puede verse con libertad, donde las calles están cubiertas de redes para protegerse de la basura que lanzan los colonos y donde se les vierte lejía a los niños a la entrada al colegio.
A pesar de todo, el día que visitamos a Nisreen percibo en ella a una mujer fuerte, alegre, cercana y para nada derrotada. “Aquí me quedo, esta es mi casa”, afirma mientras me tranquiliza de mi sobresalto al oír las persianas del vecino.
Esta crónica se ha elaborado gracias a la colaboración con SUDS y con el apoyo del Ajuntament de Barcelona.